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La meditación

Por: P. Calvo

A continuación voy a detallar los beneficios que, según Blay, se obtienen de una relajación consciente bien hecha:
1. Perfecto descanso del cuerpo.
2. Recuperación extraordinariamente rápida de toda clase de fatiga.
3. Mejora el funcionamiento del cuerpo en general y curación de los trastornos originados por hiperactividad orgánica o por tensión.
4. Aumenta la energía física, psíquica y mental.
5. Tranquiliza, aclara y profundiza la vida afectiva.
6. Descanso de la mente, a voluntad.
7. Aumenta la energía, claridad y penetración de los procesos mentales.
8. Desarrolla nuevas facultades de percepción de tipo superior: intuición , sentimientos estéticos, etc.
9. Se descubren nuevos estados subjetivos de interiorización.
10. Facilita, debido a quitar obstáculos, la eclosión de una conciencia espiritual: elevación.
Por mi parte, quiero añadir que durante la relajación el cuerpo se sumerge en un estado similar al que experimentamos cuando estamos dormidos: el tono muscular disminuye, la energía fluye con mayor libertad, la temperatura disminuye, la respiración se hace más profunda y pausada; pero existe una notable diferencia con el hecho de estar dormidos, y es que nuestra mente está más lúcida, más despierta que nunca.
En mi opinión la relajación no sólo es comparable al sueño (con la diferencia antes mencionada) sino también a nuestra vida intrauterina, o nuestra vida como recién nacidos.
De hecho, una forma sencilla de relajación puede consistir en observar la respiración de un bebé e intentar compenetrar nuestra respiración con la suya.
Con esto llegamos al siguiente punto, y es que la respiración es la puerta que nos conduce a la relajación, así como la relajación es la antesala de la meditación.
Aunque existen varios, voy a explicar a continuación un método sencillo de relajación:
Consiste en tumbarse boca arriba, sin apoyo bajo la cabeza, estirados, los ojos cerrados, con los brazos a ambos lados del cuerpo, los tacones ligeramente juntos y los pies en abanico.
Hay que permanecer sin moverse y anular toda acción volitiva, incluido tragar saliva.
Cualquier acción por parte del cuerpo debe ocurrir por sí misma, al igual que acontece cuando estamos dormidos.
Nuestra atención debe centrarse en el ritmo respiratorio, en el fluir de la respiración.
No podemos atender de forma concentrada a dos cosas al mismo tiempo, de modo que si nos fijamos en nuestra respiración, observándola, sin tratar de modificarla, dejamos de pensar.
Si nos descubrimos pensando, hay que volver con tranquilidad nuestra atención hacia el fluir de la respiración, y así dejaremos de nuevo de pensar.
Al principio resulta difícil romper el hábito de pensar, y continuamente tendremos que estar cambiando nuestra atención desde el pensamiento a la respiración, pero conforme vamos persistiendo será más habitual el estar observando nuestra respiración sin que nos distraigamos ni aparezcan pensamientos.
Un buen método es contar la respiración en forma regresiva, es decir, comenzando en 10 hasta el 0.
Como no estamos acostumbrados a observar nuestra respiración, al principio esta es muy irregular.
Hay que tener paciencia y seguir observando, sin tratar de modificarla.
Poco a poco se irá haciendo más profunda y pausada por sí misma, a la par que los músculos se van aflojando y nuestra mente se vuelve más lúcida, adquiriendo un carácter centralizado, de no dispersión.
Hay distintos grados de relajación, desde menos a más profunda, hasta llegar a la meditación.
La relajación se puede describir como un viaje a nuestro interior, hacia nuestro yo íntimo, nuestro verdadero ser.


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